Coaching

Antes era stripper pero cuando vi como subían las chicas jovenes lo dejé… demasiada competencia… Y me atreviría a decir que era incluso competencia desleal… Mis pechos y mi culo son naturales, tengo buena genética pero ahora… entre el fetichismo masculino obsesionado por los grandes pechos y las chicas que vienen de Centroamérica y de Sudamérica con un culo como la… hostia, ahora no me viene el nombre… sí, esta que canta… ¿cómo se llama?… que también hace películas… que es de Nueva York… Bueno, da igual… Lo que te decía, estás obligada a pasar por el quirófano y, francamente, no me apetece… Tengo, bueno tenía mis habilidades. Había hecho danza clásica y jazz durante mucho tiempo y también había estudiado piano, en consecuencia tengo un gran sentido del ritmo y del movimiento… a parte de estudiar francés e inglés (lo cual me fue muy bien cuando hacía los bailes privados)… Ventajas de ser de buena familia, muy tradicional y muy conocida…

No me mires con esa cara… ¿qué te creías?… Ya… el cliché: las strippers sólo pueden ser mujeres sin formación, con una infancia horrorosa o con terribles problemas de adicción… No te negaré que algunas de mis compañeras bebían en exceso y tomaban  alguna que otra sustancia ilegal… Alguna otra no había tenido una vida fácil… pero ¿quién la ha tenido? Quien más y quien menos lleva mucho peso encima… y cada vez lo tengo más claro… Ya lo veía cuando trabajaba en el club… Muchos de los hombres que venían pagaban mucho dinero por un baile privado y acababan hablando de su triste existencia.

Yo también llevo mi mochila emocional, no te creas. Pertenecer a las mal denominadas “buenas familias” no es garantía de tener una vida plácida. Para empezar, el universo me regaló ser la cuarta de cinco hermanos. Tres chicos y dos chicas. El primero se llama Pau. Era el ojito derecho de mi madre, casado con Marta, hija de un importante familia relacionada con la industria téxtil, su matrimonio fue un trámite comercial… podríamos decir que era una relación medieval con un toque del S.XIX. Por lo que he podido saber comparten casa pero cada uno tiene su vida paralela exceptuando en los actos sociales (cuando los tenían) donde se mostraban como un modelo de conducta y buen entendimiento. La segunda es Clara, bibliotecaria, soltera, muy religiosa. Siempre ha sido una persona solitaria y poco social pero todos la querían mucho. No molesta. El tercero es Lluc, el hijo simpático, el preferido de papá a pesar de ser un estudiante desastroso. Dado que no pudo entrar en la universidad a estudiar empresariales, como Pau, lo colocaron en la empresa de construcción de un hermano de mi madre. Ahora, tiene… o tenía un buen cargo… creo. Después llegué yo y, finalmente, Adrià, un niño adoptado de Colombia. Mis padres consideraban que, como buenos cristianos, tenían que ayudar a los más desfavorecidos y creyeron que la mejor opción era adoptando… Eso es lo que decían. La verdad es que a mi madre no le gustaban los números pares. Después de tenerme a mí (el parto fue complicado) les dieron la terrible noticia de que no podrían tener más hijos. Decidieron que un bebé internacional sería la mejor opción, eso sí, escogiendo muy bien el país. Los niños subsaharianos eran demasiado… demasiado étnicos, los niños del norte de África demasiado… problemáticos, ya sabemos como se comporta la gente de Marruecos… Francamente, desconocía que hubiera un gen específico vinculado al lugar de nacimiento… Las adopciones en países asiáticos ofrecían niñas y mis padres querían un niño. Se decantaron, como he dicho, por Colombia y por una criatura muy caucásica. Le cambiaron el nombre, William-Alfredo era demasiado exótico… demasiado poco de aquí.

Mi historia familiar es muy diferente a la de mis hermanos. Hasta los dieciséis años fui una chica que seguía el modelo familiar a la perfección: estudiaba en una escuela de religiosas de la zona alta de la ciudad, sacaba buenas notas, iba a misa una vez por semana con mis padres e iba a ver, una vez al mes, a mi confesor, un cura “progre” de unos trenta y cinco años, bastante buenorro, amigo de la familia. Los inviernos íbamos a Puigcerdà, teníamos una casita y aprovechábamos para esquiar en las pistas cercanas. Durante el verano cambiábamos la montaña por el mar e íbamos a Calella… de Palafrugell… la otra Calella, la de la Costa, era demasiado vulgar… llena de alemanes, holandeses, ingleses que aprovechan paquetes vacacionales “low cost” para pasar una semana bebidos y quemados por el sol… mis padres no lo aprobaban de ninguna manera. Parece ser que la dignidad de un borracho-drogadicto también depende de la cifra que tiene en la cuenta bancaria… Y fue precisamente en Calella (de Palafrugell,  ¡evidentemente!)… en este bonito enclave de la Costa Brava donde mi vida dió un vuelco absoluto.

Durante el verano de 1984, a punto de cumplir diecisiete años, me quedé preñada de un chico francés que estaba pasando las vacaciones en la costa catalana. No fui la primera de la clase en pasar por un embarazo adolescente. Muchas de mis compañeras de colegio de monjas habían empezado a practicar sexo desde los trece años… ¿Las causas?… Posiblemente una mala educación sexual y sentimental… De hecho, fui la última del grupito de chicas en perder la preciada “virginidad”, exceptuando, las devotas convencidas y las que esperaban al príncipe azul. Pero fui la primera en embarazarme con un primer polvo. También fui la primera, que yo sepa, en abortar…

La maquinaria de crisis familiar se puso en marcha de manera implecable. Por un lado, la primera cosa que hizo mi padre fue darme una sonora bofetada que me sorprendió más que hacerme daño. Nunca me había dado una. Después calló. Ya no oí su voz nunca más. La gran preocupación de mi madre era el aspecto social y, en especial, Liles Miranda. Íntima amiga de mi madre, catequista y muy conocida por sus obras de caridad y su participación incansable en actos benéficos… Yo nunca entendí por qué a mi madre le daba tanto miedo la reacción de su bien conectada y piadosa amiga. Tina Cruz-Santascases Miranda, hija de Liles, iba conmigo a clase. Desapareció a mitad de curso. Según su madre, había sido aceptada en una pretigiosa escuela inglesa para señoritas, Wycombe Abby School. Según Tina, ya no soportaba a su familia, conoció a un hombre veinte años mayor que ella y se escapó de casa, yéndose de la ciudad. En los inicios de su aventura, todavía sabíamos alguna cosa porqué se escribía con Lina López-Sagner, al cabo de un par de meses desaparició de nuestras vidas. Por otro lado, el hermano de Tina, Moncho, fue encontrado practicándole una felación a su profesor de historia de los Jesuitas de Sarrià. Intentaron acusar al docente de abuso infantil pero el caso fue desestimado. En primer lugar, el chico ya tenía diecisiete años y, finalmente, declaró que estaba locamente enamorado de aquel hombre. Ricardo Cruz-Santascases, marido de Liles, ingresó al joven en una pequeña y exclusiva clínica del Tibidabo que aseguraban el cambio de orientación sexual con pastillas y tratamiento psiquiátrico. Años más tarde, supe que Moncho había muerto. Cogió el VIH… (maldita década de los 80). Se  ve que el tratamiento psicológico para reconducir su orientación sexual fue un fracaso… como era de esperar. Su padre lo echó de casa con un: “¡No quiero maricones en casa!”. Intentó sobrevivir como pudo. Era muy guapo y acabó prostituyéndose. Llegó a mis oídos que algunos de sus mejores clientes eran amigos de nuestros padres felizmente casados y, también, su profesor de historia. Irónico ¿no?

Pero volvamos a mi familia. Si mi padre no me hablaba  y mi madre le preocupaba el aspecto social del asunto, la reacción de mis hermanos fue, realmente, incomprensible. Pau, mi hermano mayor, se comportó como mi padre, me dejó de hablar. Clara se puso de rodillas en medio del comedor y empezó a rezar el rosario y una novena para salvar mi alma, Lluc decidió salir de casa para buscar al chico francés, a… a… ¿Te puedes creer que no me acuerdo de su nombre?… y darle una paliza para salvar mi honor… Algo absurdo porque ya no estaba de vacaciones en Calella (de Palafrugell)… No apareció en todo el día, ni en toda la noche, ni al día siguiente… Mis padres pensaron que había cogido el coche dirección Francia para hacerme justicia sin saber en qué lugar del país vivía. Luego supimos que había aprovechado la ocasión para ir de fiesta salvaje… y Adrià me abrazó muy fuerte y me dió un beso. Era demasiado pequeño para entender el caos que había provocado.

Después de la exhaustiva deliberación de mis progenitores de cuál había de ser mi futuro y el de mi hijo, mi madre me llevó a una habitación lejos del resto de la familia y me dijo: “Estamos muy decepcionados contigo. Has encendido el fuego del amor  (concepto que había oído miles de veces en boca de Enric, el confesor buenorro “progre”) prematuramente y aquí tienes, en tu cuerpo, las consecuencias. Hemos decidido con tu padre que abortarás y no hablaremos nunca más de este tema.” Silencio. Mi cerebro parecía que iba a estallar. Todos los preceptos morales que me habían inculcado desde pequeña empezaron a tambalearse. Lo único que pude decir fue: “No, mamá, quiero tener este hijo.” Silencio. Al cabo de unos segundos mi madre empezó a chillar, como una histérica, frases inconexas, incluso me soltó algún golpe y me echó de casa. No podían aceptar a un bastardo en la familia.

Estuve en casa de una amiga mientras conseguía trabajo y una habitación en un piso compartido. Empecé a trabajar en un conocido establecimiento de comida rápida, primero en la cocina y después cara al público. Durante el tercer mes de embarazo tuve un aborto natural, los médicos no supieron determinar el motivo. Dudé si ir a ver a mis padres para explicar que ya no existía una futura criatura pero estaba tan cabreada y tan decepcionada que decidí seguir con mi camino.

Con la necesidad de ganar un poco más de dinero, entré a trabajar por las noches como camarera de un club de Striptease y cuando cumplí los dieciocho años empecé a bailar delante de un público mayoritariamente masculino. También empecé a hacer bailes privados. He aprendido muchísimas cosas de la condición humana, tanto de mi repentina entrada al mundo real como de mi época enseñando las tetas. Reconozco que, a estas alturas de mi vida, he visto de todo y me ha pasado de todo.

Una de las anécdotas más bestias que me han ocurrido sucedió poco después de empezar a bailar para el público adulto. Enric, el cura buenorro, entró en el club. La primera idea que tuve fue que mis padres me estaban buscando y que él, por obra y gracia divina, me había encontrado. Pero mi teoría se desmontó cuando después de bailar en el escenario principal, el encargado del local me dijo que tenía un baile privado. Cuando entré en el reservado que me habían asignado, me encontré delante del religioso. Silencio. Esperé un sermón sobre el cuerpo y el fuego del amor, pero no. Me dijo:

  • ¿No empiezas?
  • ¿Es una broma? – pregunté.
  • He pagado mucho dinero por este servicio. – respondió.

Tenía razón y yo, como buena profesional, ejecuté mi número. Mientra yo me movía al ritmo de la música, él empezó a acariciarse la bragueta. No me tocó durante el número. No me tocó nunca. Pero el se sacó su pequeña llama del amor y se masturbó. Antes de que se acabara la música, el ya había concluido su trabajo. Me dió mucho asco.

No fue el único conocido de mi antigua vida que pasó por el club. Cada vez lo llevaba mejor… Entendí que ellos no dirían nada a mis padres por miedo a que yo los descubriera. La mayoría eran hombres casados, algunos de ellos miembros de algún partido político conservador y todos aparentaban una integridad moral irreprochable.

Me ganaba bien la vida bailando. Me dedicaba en exclusividad, lo cual me dió tiempo para asistir a cursos de mi interés. Uno de los que me ha marcado más y que fue el origen de mi cambio de vida fue sobre psicología positiva en un Centro Cultural de la ciudad. A partir de ese momento, asistí a algunas terapias y también realicé el acceso a la universidad para mayores de veinticinco años, matriculándome, finalmente, a Psicología en una universitat online. Ahora soy coach. Mi experiencia vital es mi gran fuente de inspiración y de intuición.

De mi familia biológica no sé nada. Bueno, hace un par de años los vi en televisión, concretamente en las noticias. Tuvieron problemas con la justicia, estaban implicados en una trama de corrupción. Me parece que mi padre y mis hermanos mayores están en prisión. Me interesó el tema y empecé a seguir lo que decían sobre ellos. Según leí, mi hermana y mi madre estaban bajo investigación. Muy vigiladas. Mi hermano pequeño estaba, en aquel momento, en Colombia buscando sus raices y ya no ha vuelto. Tiene orden de búsqueda y captura. La causalidad (NO la casualidad)… La causalidad hizó que a mi no me hayan investigado. Eso demuestra que me habían borrado de su universo.

Los he perdonado. He aprendido a no juzgar. Ellos vivían y, possiblemente, aún viven en una tiranía… en una especie de caza de brujas constante dentro de su mismo círculo… Creo que Tina, Moncho, yo misma… y muchos otros fuimos víctimas de sus prejuicios… de su servitud a unas normas y una falsa moral que no tienen nada que ver con el mundo real ni con la esencia de los humanos… No escuchan a las personas, los condenan por los mismos impulsos que ellos intentan reprimir pero que los acaban soltando cuando creen que nadie los ve.

Ahora estoy reconciliada conmigo misma. He crecido muchísimo como persona. También sé que la verdadera familia es la que tu escoges. Puede ser coincidente con la biológica pero creo que, en la mayoría de casos, es aquella donde nos sentimos queridos y  que amamos sin condiciones.

Como puedes ver… estoy altamente calificada para entrar en tu gabinete como “Coach”…

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