Songs

Cuando tenía diez u once años empecé a aficionarme a la música anglosajona de los años 50 y 60. No recuerdo el motivo ni qué lo provocó pero lo que sé es que me alejaba de los gustos musicales de mi familia. Mi madre y mi hermana escuchaban en bucle los discos de cantautores y música folk, mi padre insistía con los “boleros” y la música española de los años 40: Jorge Sepúlveda, Bonet de San Pedro, etc. y mi abuela escuchaba habaneras, sardanas, a Emili Vendrell y Ramón Calduch. Yo empezaba a comprar (cuando me dejaban) discos y cassettes recopilatorios de cantantes y grupos “divertidos”. Dicho sin eufemismos: Encontraba un peñazo lo que escuchaba mi familia. Una de las diferencias más grandes entre ellos y yo es que podía bailar, secretamente, encerrado en mi habitación. No entendía lo que decían pero yo reproducía los sonidos literalmente (o eso pensaba). 

A parte de los Oldies, me gustaban grupos como Village People y su “YMCA” o Boney M con su “Rivers of Babylon”. Hay un verso de esta canción (“Carried us away in captivity”) que yo pronunciaba exactamente: “Carrie – Orzowei – and – Chivirichí” convencido que los dos personajes de ficción, muy populares en aquel momento, tenían alguna relación con el Tigris y el Éufrates. También creía que “Chivirichí” era su mascota. Si en aquel momento me hubiesen regalado un animal le habría puesto este nombre, “Chivirichí”. Pero, poco a poco, fui virando hacia el Doo-woop,  Rhythm & Blues, Soul, Rock & Roll, la música surf, etc.

Una canción que me gustaba mucho y que fue cogiendo un intenso significado durante mi adolescencia fue “Teenager in Love” de Dion and The Belmonts. La gran revelación llegó cuando alguien me tradujo la letra (yo estudiaba francés). Un señor del otro lado del mundo, treinta años mayor que yo, describía perfectamente lo que me estaba pasando… cantaba mis sentimientos:

“One day I feel so happy, next day I feel so sad.
I guess I’ll learn to take the good with the bad.
Cause each night I ask the stars up above,
why must I be a teenager in love?”

Que traducido sería:

“Un día me siento muy feliz, al día siguiente me siento muy triste/supongo que aprenderé lo que es bueno y lo que es malo./Ya que cada noche pregunto a las estrellas,/¿por qué tengo que ser un adolescente enamorado?”

Fue entonces cuando empecé a fijarme en la letra de las canciones. Tengo que confesar que no lo hacía de un modo exhaustivo, ya que si el ritmo era animado o me producía un efecto positivo pero el mensaje era poco interesante o lo encontraba una tontería continuaba escuchándola sin ningún tipo de remordimiento.

Pero el verdadero sentido del contenido literario de una melodía empezó a tener otra dimensión de la siguiente manera: En casa teníamos un perro llamado Puff (como el dragón de la canción que interpretaban Peter, Paul and Mary). Cada día, a unas determinadas horas, debíamos pasearlo para que pudiera correr un poco y hiciera sus necesidades. Esta tarea la realizábamos todos los miembros de la familia excepto mi abuela, el animal tenía una excesiva energía y ponía en peligro la integridad física de la mujer. El turno que generaba más controversia familiar era el de tarde-noche, todos teníamos excusas para no bajarlo y cada uno exponía sus motivos desde el rincón de la casa donde se encontraba. La mayoría de veces perdía yo, la única excusa que me funcionaba era tener un examen al día siguiente. Esto significaba que entre las 20h y las 21h tenía que bajar a la calle y dar una vuelta con mi amigo canino.

Un día, no recuerdo el motivo, salimos un poco más tarde. Mientras Puff se distraía, un vecino de la portería del lado abrió la ventana con una cierta dificultad. Con voz arrastrada fruto de una generosa ingesta de alguna bebida alcohólica nos anunció:

  • Esto va dedicado para todos ustedes y, especialmente, para ti.

El hombre empezó a cantar desde la ventana como si fuera su escenario. En un principio, creí que nos dedicaba la canción al perro y a mi. Reconozco que me daba vergüenza mirarlo. Paré la oreja para intentar descubrir de qué canción se trataba y entendí:

“Ansiedad, de tenerte en mis brazos
musitando palabras de amor.
Ansiedad, de tener tus encantos
y en la boca, volverte a besar.”

Mi cerebro identificó, en primer lugar, a qué grupo de gustos musicales pertenecía, en referencia a los de mi familia, claro. La respuesta fue obvia: gusto musical de mi padre. Después analizó el nivel de afinación del cantante sorpresa: relativamente correcto a pesar del alcohol. Finalmente, acabó su estudio con la variable de un delicado:

  • ¡Que te calles, joder!

Por lo tanto, el nivel de aceptación del gran público: bajo. La combinación de todos estos elementos me provocaron un ataque de risa sin pensar el porqué de esta espontanea actuación. Volví a casa sin dar más importancia a este hecho.

Al día siguiente volví a bajar al perro a un hora similar a la noche anterior. El espectáculo se estaba repitiendo pero me había perdido la presentación.

“Quizás estés llorando al recordarme,
estrecha mi retrato con frenesí.
Hasta tu oído llegue la melodía salvaje
y el eco de la pena de estar sin ti.”

Esta vez intervinieron más voces en el show y no eran los coros, precisamente:

  • ¡Cállate, desgraciado!
  • ¡Vete a joder la marrana a otro lado!
  • ¡La madre que te parió!  ¡Te vas a llevar una hostia como no calles!

El hombre, impertérrito, continuó con su canción. cuando acabó y sin preámbulo alguno empalmó con:

“Siempre en su casa
presente está,
el bodeguero y el chachachá.

Vete a la esquina y lo veras
que atento siempre te servirá…”

El volumen de las voces aumentó con frases que no me atrevo a reproducir. Yo presenciaba la escena divertido. Cuando subí a casa, después de un rato y sin haber visto el espectáculo entero, expliqué a mi familia lo que estaba pasando. Al día siguiente todos querían pasear el perro para ser espectadores privilegiados de nuestro vecino cantante.

Los episodios del intérprete de la ventana se iban repitiendo noche tras noche. Iba variando de canciones pero todas tenían varios denominadores comunes:

  1. Se trataban de temas interpretados en español por el famoso Nat King Cole: Perfidia”, “Noche de Ronda”, “Quizás, Quizás, Quizás”…
  2. Todas las letras hablaban de un amor inaccesible.
  3. Nuestro artista siempre actuaba bebido.
  4. El resto de vecinos desaprobaba sonoramente el concierto diario.

Las dotes detectivescas de mi abuela, que se traducían en recoger información de las vecinas en el mercado, construyeron la biografía de nuestro artista. Se trataba de M. P. funcionario de correos de moral irreprochable, de vida ordenada y sin escándalos conocidos. Según las indagaciones de la Sra. Julia del 1º 2ª, hacía muy poco que había perdido su amada esposa a causa de una enfermedad inesperada. La soledad le había arrastrado a una tristeza profunda. Y esta tristeza a la bebida. Durante el día, cuando él salía a la calle, nadie se atrevía a decirle nada, tan solo los cordiales saludos. Por la noche se convertía en un bardo que cantaba al dolor por la pérdida de su amor.

Y después, hay cínicos que dicen que el amor no existe, que es un fenómeno inventado a partir de estereotipos que aparecen en novelas, películas y… simples canciones.

(Arriba) Nat King Cole

(A la derecha) Puff con pocos días de vida

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