Shoals of Fish

(Post publicado en abril de 2013 en un blog anterior. Revisado y modificado en septiembre de 2018)

En otoño de 1998, me trasladé a la ciudad italiana de Génova para trabajar con la compañía del Teatro della Tosse. Fue una experiencia fantástica tanto a nivel profesional como a nivel personal. En primer lugar, porqué significaba un cambio de aires, después porqué implicaba conocer otras maneras de desarrollar la profesión y, finalmente, porqué tendría la ocasión (y eso aún no lo sabía) de vivir experiencias realmente divertidas.

El hecho de vivir un tiempo en el extranjero te brinda la oportunidad de reflexionar sobre en qué punto te encuentras personalmente y, de algún modo, te ayuda a concretar tu pertenencia… Pertenecer a un grupo, a un conjunto… esta idea me aterra.

Etólogos de todo el mundo han dedicado y dedican su tiempo de investigación a analizar e intentar comprender las dinámicas de los bancos de peces. Han llegado a conclusiones altamente reveladoras sobre unos comportamientos que se podrían aplicar perfectamente a la sociedad humana. Las causas principales de estas agrupaciones están directamente relacionadas con la adquisición de alimento y protección, es decir, evitar o minimizar los ataques de individuos de otras especies.

Cuando empezaron los ensayos de Romeo y Julieta (espectáculo para el cual me habían contratado) mis compañeros (y posteriormente amigos) de reparto decidieron que, tal vez, me sentía sólo lejos de mi ciudad e iniciaron una cruzada para presentarme a toda la gente de origen catalana o española que viviera, en aquel momento, en la ciudad. Sólo consiguieron presentarme a una chica de Madrid que había decidido pasar una temporada en Italia. Me gustaría decir que el motivo que había llevado a aquella chica a la Ligúria era una romántica relación con un atractivo genovés, pero mentiría porqué no recuerdo el motivo real de su estancia. Nos caímos muy bien (por suerte y alivio de la gente del teatro) pero no nos podíamos ver con asiduidad ya que teníamos cierta incompatibilidad horaria. Ella trabajaba de camarera en el único restaurante español de toda Génova. Situado en el puerto, servían tapas y tortillas bajo las ordenes de un cocinero napolitano que presumía ser un gran conocedor de las costumbres gastronómicas ibéricas. Mi amiga madrileña me desaconsejo que fuera.

Los bancos de peces se mueven como si fueran un único organismo. Pueden componerse por miles de peces y, sin embargo, sus movimientos están perfectamente organizados y sincronizados. Tienen una jerarquía muy definida, los peces en mejor forma y que tienen más hambre encabezan la expedición, a su vez, dirigen los movimientos del resto del grupo. No siempre son los mismos, van variando según las condiciones. Los más débiles son los que se quedan en las últimas posiciones. Algunos biólogos han llegado a la conclusión que los peores emplazamientos son los laterales, ya que se consideran peligrosos, en cambio, es donde se consigue la comida con mayor facilidad. Las posiciones centrales son las más resguardadas pero, a su vez, es donde la recepción de comida es peor.

Después del fracaso de no encontrar gente de la vieja Hispania para hacerme sentir como “en casa”, mis colegas italianos intentaron emparejarme, presentándome todo tipo de candidatas y candidatos. Posiblemente, el caso más escandaloso fue cuando me invitaron a cenar a casa de un prestigioso historiador. El hecho se desarrolló del siguiente modo: El teatro había propuesto a una novelista con gran éxito (a causa del alto voltaje erótico de sus narraciones y pertenecer a un movimiento literario de moda en la Italia del momento) a realizar una nueva dramaturgia más actualizada de la obra de Shakespeare. Era una persona que tenía mi total simpatía y, muy a menudo, habíamos charlado amigablemente en algún café de la ciudad. Ella estaba relacionada con las clases intelectuales y yo, como elemento exótico de la compañía, era lo suficientemente atractivo para convertirme en el invitado ideal en todo tipo de veladas y eventos. Un día, en la pausa del ensayo, me anunció que teníamos una cena con gente muy interesante: un médico, una periodista de la RAI y un largo etc. El invitado de honor: un servidor. No aceptó mi negativa.

La cena fue muy agradable pero había omitido un detalle importante. Francesca tenía una tendencia natural a la morbosidad… Después del café, el anfitrión quiso enseñarme el palacete donde vivía. Entre habitaciones y explicaciones sobre el origen del inmueble llegamos a una zona donde no había luz a causa de unas reformas que se estaban realizando y fue, en aquel preciso momento, cuando descubrí el motivo por el cual había sido invitado: una mano que no era la mía acariciaba mi bragueta… La situación fue un poco ridícula dada mi tendencia natural a no querer ser desagradecido, tampoco tenía previsto pasar una tórrida noche ya que por la mañana tenía entreno de esgrima con mi querido maestro Nicoló Perno. Ante esta situación, solamente pude decir:

  • Scusa ma credo che questo non sia l’interruttore…

El historiador, hombre culto e inteligente, me respondió con un simple:

  • Ups, scusami…

Y seguimos con la visita hasta llegar con el resto de invitados. Creo que mis amigos italianos estaban intentando encontrar mi banco de peces.

Las diferentes identidades que tenemos como seres individuales, a veces, son una pequeña trampa para inscribirnos dentro de un grupo. El lugar de procedencia, aficiones, sexualidad, religión, ideología, profesión son etiquetas utilizadas para sentirnos partes integrantes de un colectivo pero que, a su vez, sirven para generar un gran número de tópicos y anular otros aspectos del individuo. Bajo la idea de pertenecer, de un modo NO reflexionado, a un grupo, a veces, se defienden cosas indefendibles e, incluso, se caen en contradicciones motivadas por los peces que dirigen el rumbo del banco. Y aunque las ideas, creencias y motivaciones tengan un origen más que positivo no justifica el rechazo visceral al resto de colectivos.

Forzar dualidades y dicotomías, en mi humilde opinión, es peligroso. Fomentan una lucha donde el matiz desaparece, lo particular pierde todo su valor y se convierte en un hecho irracional (me gustaría decir “emocional” pero sería banalizar “las emociones” en sí mismas). Por otro lado, si observamos las estrategias y argumentos de defensa de una posición u otra nos daremos cuenta que utilizan una estructura y un fondo similar, convirtiendo el enfrentamiento en un ilógico choque de trenes y, a su vez, se potencia la necesidad recíproca de las dos posturas. Una no puede vivir sin la otra: El bien no tiene ningún tipo de sentido si no existe el mal.

Desde pequeñito, siempre he valorado la peculiaridad de las personas por encima de otros aspectos más generales. Valoro a la gente de mi alrededor por quien es, no por una serie de atributos acordados socialmente. Reconozco que mi obsesión por la singularidad me ha provocado, en algunas ocasiones, problemas. En algún momento de mi adolescencia y juventud me sentí en la más estricta soledad porque no tomaba partido, en concreto, por ninguna identidad dominante.

Tampoco negaré a Aristóteles y, como “animal social”, también necesito sentirme conectado con los otros seres humanos pero, posiblemente, las razones de este nexo son tremendamente profundas e inexplicables.

Para acabar: el besugo es uno de los peces que utiliza este tipo de formaciones. 

Programa de mano del espectáculo «Amarsi a Morsi. Ancora Giulietta, Ancora Romeo»

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