Teen Movies

¿Conocen las “Teen Movies” de los 80? Me refiero a las películas sobre adolescentes que van al instituto (“High School”) y hay animadoras, capitán del equipo de futbol (americano), jugadores que son muy populares y, después, hay los “freaks”, que nadie les hace caso o son objeto de burla de los “populares”. Habitualmente tienen mucha sensibilidad, de familias con pocos recursos económicos,  a menudo con inclinaciones artísticas sean plásticas o escénicas y son muy buenos académica y  humanamente… Y un día, de repente, por una apuesta o por lo que sea, tienen que colaborar un miembro de cada subespecie estudiantil y  se enamoran… Y lo hacen porque detrás de la imagen mal cuidada de los Freaks hay una belleza desconocida que aparece gracias a un cambio de ropa, un corte de pelo y unas lentes de contacto… ¿ Conocen estas películas?

Pues bien… a mí nunca me ha pasado nada de  todo esto. Pero tengo que confesar que me fascinan, sobre todo las secuencias de los bailes de fin  de curso y las fiestas de graduación. En primer lugar, porque durante mi adolescencia no fui a ningún baile donde todos ejecutaran una coreografía tan compleja que los estudiantes parecieran bailarines profesionales. Lo intenté pero nadie me siguió. De hecho,  me miraban mal. En segundo lugar, nunca viví una fiesta de graduación. No porque no probará COU (el actual segundo de bachillerato) sino porque en aquel momento no se celebraban, cosa que, actualmente, se realizan en todas las escuelas de educación primaria, institutos de secundaria y universidades.

Si pienso en mi adolescencia reconozco un deseo constante de vivir las cosas que las películas y series de televisión me mostraban. Para empezar, las casas: tres plantas con jardín, algunas con piscina o apartamentos en una cosmopolita ciudad como Nueva York competían en mi imaginario con un piso de 90 metros cuadrados donde convivían cinco personas más un perro, un canario y muchos geranios. Otra ventaja en las películas era que se podía conducir a los dieciséis años, yo tuve que esperar a los dieciocho. Sin olvidar que las actividades extraescolares que ofrecía el centro de enseñanza eran creativas, yo sólo podía optar a practicar deporte, ir a los boy scout o a grupos de oración (estudiaba en una escuela religiosa). Por otro lado, podías ir a la universidad lejos de tu ciudad y un largo listado de cosas que, en aquel momento, consideraba importante.

Cuando tenía trece o catorce años, empezó la emisión por televisión de “Fama”. Una serie que pasaba en un instituto que a parte de impartir química y literatura, daban asignaturas como danza, música e interpretación. ¡Aquello era una injusticia cósmica! No entendía porqué tenía que esperar hasta los dieciocho años para estudiar teatro. La serie me sirvió para tener un deseo no revelado a nadie (era y soy tremendamente tímido y reconocer ciertas cosas me daba o me da vergüenza): Quería ser como Danny Amatulo.

La fascinación por este personaje era por el hecho de ser estudiante de la especialidad de arte dramático, era más simpático que guapo, se quería dedicar a la comedia y era buen amigo de sus amigos. Por otro lado, poder salir a la calle, parar el tráfico y bailar por encima de los taxis era otra idea que me seducía.  Estoy convencido que el trayecto en metro entre las estaciones de Clot y Plaça Catalunya sería más divertido si, de repente, suena una canción y todos los pasajeros empiezan a bailar encima de los asientos o colgados de las barras.

Con los años tuve la suerte de estudiar arte dramático, pero nunca calculé que la “intensidad” y “profundidad” europea se impondría a mi frivolidad. El deseo de subir a los escenarios o ponerme delante de una cámara para divertir a los espectadores se tenía que combinar con una especie de tesis doctoral sobre algún aspecto social y filosófico. Las palabras que decían los personajes tenían que albergar más de un sentido. Por ejemplo, pronunciar “¡Buenos días!” en una escena implicaba generar una reflexión profunda sobre “la negatividad del universo”, “la ironía trágica del destino” y la “fútil ligereza de la condición humana”. Evidentemente, para realizar este tipo de trabajo, el sentido del humor quedaba desterrado. Afortunadamente, estaba intelectualmente entrenado ya que provenía de la universidad de estudiar historia y tenía cierta práctica en el arte de la reflexión y de la crítica.

Siempre recordaré una conversación que tuve con un reconocido director de escena que había sido profesor mío aquel trimestre y teníamos la charla para comentarme la nota que me iba a poner. En un momento dado me preguntó:

  • ¿Por qué quieres ser actor?

Ante aquella pregunta, y si hubiera sido un poco más valiente, le hubiera contestado: “Quiero ser como Danny Amatulo”. Pero lo que hice fue permanecer en silencio unos segundos, meditar  la respuesta y decir:

  • Me divierte mucho estar encima de un escenario. No me imagino haciendo otra cosa.

El enmendó mi respuesta añadiendo el siguiente comentario:

  • Tiene que servirte, también, para explicar cosas. Dar tu visión del mundo.

Le estoy profundamente agradecido por su reflexión y por la nota que me puso. Añadió un matiz a mi vocación, o al menos, verbalizó aquello que yo no sabía como decirlo: “ Quería ser como Danny Amatulo que explica cosas desde el sentido del humor.”

Los años fueron diluyendo mi admiración por aquel personaje televisivo. Tan solo quería y he querido ser como yo, con mi vocación, con mi visión del mundo y con mi particular forma de compartirla. Por otro lado, sé que si no hubiera sido un estudiante de Fama, posiblemente algún protagonista de otra serie o película hubiera tenido la función de despertar aquello que hervía en mi interior…

El actor Carlo Imperato en el personaje  de Dani Amatulo

Transport de dones 01

En mi último curso de l’Institut del Teatre

(Arriba) Algunos de mis compañeros del Institut del Teatre y yo en clase de Caracterización.

(A la izquierda) Los actores de la 1a temporada de la serie «Fame»

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